Fe y Vida | Infomadrid
10 de junio: san Juan Dominici,
cardenal
Paula y Domingo se llamaban sus buenos padres; eran
cristianos excelentes, piadosos, pobres y muy conocidos por su honradez. Juan
pidió ser admitido en el convento en Santa MarÃa Nova y lo rechazaron; las
malas lenguas chismosas, confundiendo las cosas por pensar que el dinero es el
talismán que abre todas las puertas, ya dijeron que preveÃan el fracaso porque
la familia no tenÃa más bienes económicos que los del trabajo diario. Siempre
hubo gente asÃ; pero en este caso estaban del todo equivocados. La razón última
del rechazo a aquella solicitud fue que los frailes aquellos consideraron al
sujeto lo menos propio para un convento de dominicos; Juan no habÃa acudido
cuando niño a las escuelas por tener que arrimar el hombro en la casa de los
padres: era ignorante y, además, tartamudo. Lo intentó una segunda vez y la
insistencia hizo que los frailes pasaran por alto las dificultades y probaran
sacar algo del joven de aspecto rudo y torpeza en el decir. Tanto empeño y
tanta vocación hicieron de Juan todo un fraile en el convento. Su noviciado fue
un encuentro de la gracia de Dios y su cooperación; el silencio, la oración y
su esfuerzo le hicieron aprovechar bien el tiempo durante el noviciado que le
aseguró en su piedad sólida, le adiestró en la obediencia y le consiguió un
adelantamiento poco común en las ciencias. Goza de un talante natural
simpático, agradable y servicial. Se dio a conocer, sobre todo, por la
austeridad de su vida y el espÃritu de penitencia. Además es artista; dedica
tiempo a pintar en los libros, miniaturizando, con dibujos exquisitos, escenas
de la vida de Jesús.
Corona su esfuerzo con la ordenación sacerdotal. Ya
puede dar marcha a su celo por el sacrificio y por el ministerio de la
predicación; pero, desgraciadamente, dada su dificultad en la expresión, los
sermones le salen torpes y ridÃculos. Se siente curado de la torpeza en la
dicción en Siena, cuando —lleno de tristeza— pide por amor a Dios la curación a
santa Catalina. Obtenida, es un ciclón con las palabras que le salen ágiles y
expeditas. Siena, Florencia, Venecia y muchas ciudades y villas de Italia le escuchan
con fruición no exenta de rencores y amenazas porque lo que predica es la
renovación de la vida cristiana y eso no siempre gustó.
Le obsesiona la idea de renovar los conventos. Su
Orden está relajada como tantas otras. Son tiempos malos. La peste de 1384 ha
asolado los monasterios; en el suyo de Santa MarÃa murieron en cuatro meses
setenta de sus frailes; el resto no se encontraba con fuerzas para vivir en el
rigor primero de la Orden. Lo eligen prior de los conventos de Santo Domingo de
Venecia, Città di Castello, el de Fabriano y otros que ansÃan la reforma; es
también vicario general de todos los conventos observantes del estado de
Venecia. Pero, a pesar de su buen hacer, Juan se percata de que el futuro
estaba en la juventud y a ella se dedicó fundando un noviciado en Cortona;
ahora sà se podrÃan poner las piedras clave donde los jóvenes pudieran apoyar
el espÃritu que no quiere saber de improvisaciones. También las religiosas, sus
hermanas, se benefician de la reforma en los conventos femeninos del Corpus
Domini y San Pedro Mártir, de Florencia, donde su madre terminó sus dÃas.
Casi podrÃa decirse que ya fue bastante importante,
por su firmeza y proyección, la obra de este predicador y reformador dominico
que antes fue tartamudo y se hacÃa notar por su poca finura. Pero el santo se
alegra y sufre con las alegrÃas y sufrimientos de la Iglesia. Y eso le llevó a
la entrega más incondicional para el bien general. No supo ni quiso permanecer
al margen de los gravÃsimos problemas que tenÃa en su tiempo el universo mundo
católico, interviniendo muy directamente en su solución trabajando con todas
sus fuerzas.
Papas y antipapas, concilios y elecciones inválidas.
Pisa y Constanza. Tres tiaras a un tiempo. Confusión y desorden con
desorientación, apostasÃas y relajos. Era una pena. Tantos años, tantos apegos,
tantos sufrimientos, tanta desunión, tan gran mal. Él se puso a rezar y a hacer
y a hablar con unos y con otros, y a hacer gestiones y a conseguir compromisos
y… obispo y cardenal ya, inicia gestiones al más alto nivel. Tres renuncias de
papas y antipapas obtuvo para poder elegir al nuevo Sumo PontÃfice, que devolviera
a la Iglesia la unidad y la paz y que fue MartÃn V. Resultó un trabajo
intensÃsimo y bien hecho para utilidad de la Iglesia exento de las actitudes
propias de los «trepas» que intentan por encima de todo escalar puestos mirando
su bien personal o ampliar las esferas de influencia y poder, casi siempre
hermanadas con afán de lucro. De hecho, al leer la renuncia pública del
verdadero papa Gregorio XII, él mismo se despojó ante los presentes de sus
insignias cardenalicias, en señal de renuncia al cardenalato, yéndose a ocupar
un sitio entre los obispos, con lo que se ponÃa de manifiesto la ausencia de
toda intención de medrar. Si en otro tiempo aceptó la ordenación episcopal y el
cardenalato contra su voluntad fue para estar capacitado a entrar en el cÃrculo
de la cúpula jerárquica y trabajar por la unidad. No se limitó a contemplar o a
quejarse de los males; quiso «complicarse» la vida con todo un compromiso
personal. Es lo propio de los santos. Aún tuvo tiempo para ser legado
apostólico en las tierras de HungrÃa y Bohemia.
Murió humilde y santamente el 10 de junio de 1420.


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