Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc
Reaviva el don que hay en ti
(Miércoles
3 de junio, de la IX Semana del Tiempo Ordinario, lecturas: 2 Timoteo
1,1-3.6-12; Salmo 122; Marcos 12,18-27)
Queridos
hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios de este dÃa nos invita a renovar nuestra fe, a reavivar los
dones que Dios ha puesto en nuestro corazón y a vivir con la esperanza firme de
la resurrección. El tema que une las lecturas es la exhortación de San Pablo a
Timoteo: “Reviva el don de Dios que hay en ti”.
1.
El don de Dios necesita ser reavivado. En la primera lectura, San
Pablo escribe a Timoteo con afecto de padre espiritual. Le recuerda que ha
recibido un don de Dios mediante la imposición de las manos.
Esto
nos enseña que:
-
Todos hemos recibido dones de Dios en el Bautismo
y la Confirmación.
-
Dios no nos llama a vivir una fe apagada o
rutinaria.
-
La vida cristiana requiere alimentar continuamente
la gracia recibida.
-
La oración, los sacramentos y la caridad mantienen
vivo ese don.
Muchas
veces el cansancio, las dificultades o la indiferencia pueden apagar el
entusiasmo espiritual. Por eso Pablo dice: “Reviva el don que hay en ti.”
2.
Dios no nos ha dado un espÃritu de miedo. San Pablo continúa
diciendo que Dios no nos ha dado un espÃritu de cobardÃa, sino de fortaleza,
amor y dominio propio.
Algunos
elementos importantes:
-
El miedo paraliza; la fe impulsa a caminar.
-
La fortaleza viene del EspÃritu Santo.
-
El amor es la señal del verdadero discÃpulo.
-
El dominio propio nos ayuda a perseverar en medio
de las pruebas.
Los
cristianos estamos llamados a dar testimonio de Cristo con valentÃa, aun cuando
encontremos oposición o incomprensión.
3.
Cristo sostiene nuestra esperanza. Pablo habla también de los
sufrimientos que soporta por el Evangelio.
De
aquà aprendemos que:
-
Seguir a Cristo no significa ausencia de
dificultades.
-
La confianza en Jesús nos permite permanecer
firmes.
-
El Señor nunca abandona a quienes confÃan en Él.
La
misión cristiana se realiza apoyados en la gracia de Dios y no solamente en
nuestras fuerzas.
4.
“Qué alegrÃa cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor”. El Salmo 122
expresa la alegrÃa del creyente que se dirige al encuentro de Dios.
Este
salmo nos recuerda:
-
La fe se vive en comunidad.
-
La Iglesia es el lugar donde alimentamos los dones
recibidos.
-
La participación en la EucaristÃa fortalece
nuestra esperanza.
-
Quien ama al Señor encuentra gozo en su presencia.
Cuando
nos acercamos al templo con fe, nuestro corazón se renueva y nuestra vida
espiritual se fortalece.
5.
Jesús proclama la verdad de la resurrección. En el Evangelio, los
saduceos, que no creÃan en la resurrección, intentan poner a prueba a Jesús con
una pregunta complicada.
Sin
embargo, Jesús les muestra dos errores: No conocen suficientemente
las Escrituras. No comprenden el poder de Dios.
También
hoy muchas personas viven como si la muerte fuera el final de todo. Jesús nos
enseña que Dios tiene la última palabra sobre la vida.
6.
Dios es Dios de vivos y no de muertos. La afirmación central del
Evangelio es clara: “No es Dios de muertos, sino de vivos.”
Esto
significa:
-
La vida no termina en el sepulcro.
-
Nuestra existencia está llamada a la eternidad.
-
Los que viven en amistad con Dios participan de su
vida para siempre.
-
La resurrección de Cristo es el fundamento de
nuestra esperanza.
Por
eso el cristiano no vive dominado por el miedo, sino sostenido por la promesa
de la vida eterna.
7.
¿Cómo reavivar hoy el don de Dios? La Palabra nos invita a preguntarnos:
-
¿Está viva mi fe o se ha debilitado?
-
¿Dedico tiempo a la oración?
-
¿Participo con fervor en la EucaristÃa?
-
¿ConfÃo realmente en la vida eterna prometida por
Cristo?
-
¿Soy testigo valiente del Evangelio?
Conclusión.
queridos
hermanos y hermanas, hoy el Señor nos dice por medio de San Pablo: “Reviva el
don que hay en ti.” Reavivemos la fe, fortalezcamos la esperanza y renovemos
nuestro amor a Cristo. Que la certeza de la resurrección nos ayude a vivir con
alegrÃa, sabiendo que servimos al Dios de la vida, al Dios que vence la muerte
y que nos llama a participar eternamente de su Reino. -Amén.


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