Mensaje | Edoardo Giribaldi
El Papa: Que las energías
empleadas en la guerra se destinen a la vida
En el mensaje
publicado con motivo de la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la
Creación, León XIV retoma las palabras del profeta Isaías: «Con sus espadas
forjarán arados y podaderas con sus lanzas”. Exhorta a atravesar los propios
“desiertos interiores”, signos de una crisis ética y cultural actual que
incluye la pérdida del sentido de los límites, el deseo de dominación y la
búsqueda del beneficio inmediato.
“Con sus
espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas”. Así soñaba el profeta
Isaías con un tiempo en que los pueblos de la Tierra transformarían lo que
destruye la vida en aquello que la sostiene.
Hoy, en
cambio, es evidente una pesadilla paradójica en la que las naciones aceleran la
“alteración del equilibrio” de la Creación, infligiéndose a sí mismas dolores y
sufrimientos. “Desiertos interiores”, que son, sin embargo, espejos de una
aridez “ética y cultural”, por lo que lo único que prospera es “una pérdida del
sentido de los límites, del deseo de dominación, de la búsqueda del beneficio
inmediato y de la incapacidad de reconocer la dignidad dada por Dios a cada
persona humana”. Estos son algunos de los conceptos expresados por el Papa León
XIV en el mensaje publicado este jueves 20 de agosto de
2026 con motivo de la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la
Creación, que desde 2015 se celebra el 1º de septiembre.
El drama de los esfuerzos orientados a la guerra
En el texto,
el Pontífice reconoce que las crisis que asfixian a la sociedad actual no están
desconectadas entre sí, sino que constituyen una única herida que solo puede
sanarse a través de la paz. No la paz del mundo, superficial y fugaz, sino
aquella “que mana desde el perpetuo amor de Cristo y de su interés por cada
persona humana”.
Sin embargo,
esta promesa de paz contrasta notablemente con las realidades que vemos en
muchas partes del mundo. El profeta Isaías habló de una época en la que las
naciones «con sus espadas forjarán arados» (Is 2,4), transformando lo que
destruye la vida en aquello que la sostiene. Pero hoy, frecuentemente somos
testigos de lo contrario, mientras los esfuerzos se siguen centrando en la
violencia y la guerra.
Los círculos viciosos de las guerras y la degradación
ambiental
Desde los
campos de batalla, los conflictos amplían su ámbito de influencia,
interactuando de manera nociva con la degradación ambiental. Así se alimentan
círculos viciosos que “destruyen ecosistemas, contaminan recursos esenciales,
como el aire y el agua”. Esto, a su vez, socava la seguridad de los alimentos,
lo que genera pobreza, desigualdad y nuevos conflictos sociales que pueden
contribuir al resurgimiento de conflictos futuros. “La guerra, escribe León,
crea lesiones que perjudican todo el entramado de la vida, dañando no sólo a
individuos y comunidades, sino a su amplia red de relaciones con la entera
familia humana, así como su armonía con la creación”. Esto revela “un
fracaso más profundo cuando se trata de vivir a imagen y semejanza de Dios, de
respetar la vida y de cuidar la tierra que se nos ha confiado”.
No es sólo un
fracaso político, sino también moral y espiritual. La guerra, arraigada en
deseos distorsionados y en el mal uso de la libertad y el poder humanos,
constituye un antitestimonio del Evangelio de la paz.
La condición del corazón humano
“Las crisis
mencionadas anteriormente no sólo exigen responsabilidad sino también una
conversión del corazón que rinda frutos en una fidelidad más profunda a Dios,
en el amor mutuo y en el respeto por el don de la creación”, continúa el Papa.
“Las discordias que presenciamos en el mundo como la violencia, la injusticia y
el daño ecológico, no resultan simplemente de estructuras o sistemas
imperfectos; son el síntoma de una profunda dicotomía arraigada en la misma
humanidad”, observa. En efecto, el corazón humano resulta ser el lugar donde se
llevan a cabo las más duras batallas y donde se revela nuestra condición caída.
De hecho, en el interior de cada uno habitan deseos contradictorios y luchas
profundas: amor e indiferencia, verdad e ilusión, justicia e injusticia.
Los conflictos
que atormentan a la humanidad, de diversos modos, son la expresión exterior de
la discordia y división interiores. Cuando el corazón está distorsionado, las
relaciones sufren y las estructuras que construimos comienzan a reflejar ese
desorden.
Renovar los corazones
Para resaltar
mejor este concepto, León XIV toma prestada la metáfora utilizada por Benedicto
XVI en la homilía de la misa con motivo del inicio de su ministerio petrino:
Los desiertos
exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos
interiores.
“Lo que está
arruinado en nuestro entorno, de alguna manera también lo está dentro de
nosotros”. Por tanto, para construir una sociedad pacífica, es necesario no
sólo “reformar estructuras, sino renovar nuestros corazones”.
Las causas
subyacentes del conflicto y la explotación de la creación provienen de una
crisis ética y cultural, así como de una pérdida del sentido de los límites,
del deseo de dominación, de la búsqueda del beneficio inmediato y de la
incapacidad de reconocer la dignidad dada por Dios a cada persona humana.
De sueño a realidad
El adagio
profético de Isaías se convierte hoy en un llamado a cada persona a
“transformar la herida en vida”. Una conversión que requiere una conversión
personal y colectiva más profunda: un regreso a Dios, que sana nuestras
heridas. Porque allí donde los corazones se renuevan, comienza a abrirse nuevas
posibilidades.
Lo que ha sido
utilizado para la destrucción puede ser redirigido hacia la vida: al cuidado de
los pobres, al sustento alimentario de los hambrientos y al cuidado de la
creación. Este es el camino de la auténtica conversión ecológica, donde los
efectos de nuestro encuentro con Jesucristo se hacen evidentes en nuestra
relación con el mundo que nos rodea.
De la guerra al desarrollo humano integral
Son desafíos
enormes, como lo reconoce el Papa, porque son numerosos los “ecosistemas”
confiados al ser humano: los ecosistemas de la creación, de las relaciones
humanas y los del propio corazón humano.
Imaginémonos
un mundo en el que los esfuerzos que actualmente se invierten en la guerra
fueran dirigidos al desarrollo humano integral, al combate de la pobreza, a la
protección de la dignidad humana y a la reconciliación de la gente que está
dividida. Un panorama así refleja la fe en la venida del Reino de Dios.
Desde el desierto hacia el jardín
El Santo Padre
reitera que los auténticos instrumentos para la construcción de la paz no son
las armas destructivas, al contrario, lo son la verdad, el diálogo, la
paciencia, la bondad, la justicia, la misericordia, la comprensión, el cuidado
y el amor. Asumir la tarea de poner en práctica estos valores significa
convertirse en “colaboradores en la obra renovadora de Dios.
Avanzaremos
despacio, pero firmes, desde el desierto hacia el jardín, de la división a la
comunión y de la violencia a la paz. Que el Señor nos conceda la valentía para
recorrer esta senda, para que, en nuestro tiempo, con las espadas realmente se
forjen arados, que la promesa del Evangelio se arraigue en nuestro mundo y que
la paz de Cristo reine sobre toda la creación.


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