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    sábado, 17 de julio de 2021

    Para un diálogo intergeneracional


    Generaciones | Andrea Safier/SN




    Para un diálogo intergeneracional

     

    Hay muchas voces que insisten en reducir las brechas generacionales jóvenes-adultos desde una perspectiva educativa, es decir, facilitar procesos formativos que involucren el ambiente familiar, la comunidad educativa y los espacios de la fe, por ser lugares donde interactúan esas generaciones. Es fundamental reconocer el impacto que tienen las realidades socioeconómicas y culturales al interior de las familias, por lo cual no depende solo de la buena voluntad alcanzar la armonía en la familia, la confianza mutua entre jóvenes y adultos, pues supone mucho más esfuerzo. La familia, por ejemplo, ha experimentado transformaciones en los últimos siglos y sus causas no están limitadas a los comportamientos padres-hijos: el entramado social influye en sus comportamientos, sus estilos de vida, visiones del presente y miradas hacia el futuro.

     

    Recogemos cinco planteamientos que pueden servir de cauce para lograr la convivencia fraterna como esfuerzo educativo entre muchos actores que participan en el escenario de la vida de los jóvenes y los adultos. Todas las partes interesadas están llamadas a un proceso de diálogo coherente, comprometido, para esta conquista.

     

    1. La educación de los jóvenes no consiste en adaptarlos o domesticarlos dentro de un sistema que no tiene la capacidad para responder a sus necesidades y expectativas. Muchas consideraciones sobre los jóvenes son negativas porque no toman en cuenta el ambiente hostil y cerrado que para ellos resultan frustrantes, pues carecen de futuro.

     

    2. El esfuerzo educativo debe crear un entorno saludable para el desarrollo de los jóvenes. Los adultos han de ser coherentes al interior de la familia y en el ambiente social. No se da lo que no se tiene. La correspondiente estatura moral de los adultos debe favorecer la confianza y la apertura de los jóvenes; pero no pueden exigirles estilos y comportamientos de los cuales no dan testimonio con sus vidas.

     

    3. La responsabilidad en la familia y en la sociedad no se puede reclamar solo de los jóvenes: los padres de familia, el sistema educativo, así como los responsables en los distintos ámbitos de la vida religiosa, social, política, económica, cultural y de la comunicación, tienen un compromiso para la acción educativa y tienen que estar coordinados entre sí.

     

    4. La educación no puede ser vertical, de los adultos a los jóvenes, pidiendo de los segundos el esfuerzo de “dejarse formar”, todos son participantes, todos aprenden, todos enseñan. La educación bancaria, basada en acumular conocimientos transmitidos del que “sabe” al que “no sabe”, es una visión obsoleta, todavía no superada en muchos ambientes. No se puede mantener a los jóvenes en condición de minoridad permanente.

     

    5. En una relación armónica y constructiva, jóvenes y adultos como discípulos y educadores, tienen la responsabilidad de “caminar juntos”, conscientes de abrirse a una educación formadora de valores para la humanización hacia la vida fraterna y el compromiso social. Educar es responsabilidad tanto del discípulo como del educador. El primero se deja acompañar y el segundo testimonia lo que propone, cuando se trata de valores que deben ser creídos y asumidos, no solo sabidos.

     

    Asumida la educación como un proceso constante, como tarea que interesa a todos, la educación para la vida va más allá de “transmitir” conocimientos, de capacitar para ser profesional y tener éxito en la vida. En el diálogo constructivo que se establecerá desde una educación transformadora, habrá que estar monitoreando todo el proceso y los adultos y jóvenes preguntarse con cierta frecuencia acerca del tipo de persona que sale de allí, sus aspiraciones, su capacidad de convivir y comprometerse con la realidad. No será solo un ente para el cambio social, sino que estará provocando ya el cambio social que avance hacia la paz y la justicia.

     

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